
Los Kogui y la IA

Mensaje de Los Kogui
Mamo Vangelio Moscote Alberto Saka Rosa Mamatacán, Sauna Ezuama Mayor Kuamaka Pueblo Kággaba (Traducido al español por Manuel Mamatacán)
Venimos de Gonawindua, la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña de Colombia a la que llamamos el Corazón del mundo. Somos los Kággaba, a quienes ustedes conocen como Koguis. Hemos vivido aquí y hemos cuidado esta montaña desde antes de que existiera Colombia. Estamos aquí desde que la Madre nos dio nuestro comienzo y nos confirió la inteligencia. Hemos venido a hablarles de la inteligencia que están construyendo. No venimos en oposición. Venimos porque estamos preocupados, y porque creemos que tenemos algo que aportar. Antes de poder decir algo sobre la inteligencia artificial, hay que decir algo sobre el pensamiento.
Antes de existir como materia, una cosa existe primero en el pensamiento, y ese pensamiento está vivo. A ese pensamiento vivo lo llamamos Aluna. Su religión lo ha descrito como un espíritu que se movía sobre la faz de las aguas. Quizá su ciencia lo describiría como el vacío cuántico. Aluna es nuestra manera de expresar esta clase de idea. Aluna es el agua cósmica. Para nosotros es pensamiento vivo: el lugar donde una cosa ya está, antes de tomar forma o de recibir masa. Todo viene de ahí, sin excepción. Y en ese pensamiento no está solamente la forma que la cosa va a tener. Esa cosa está viva, porque el universo entero está vivo. Es en Aluna donde la cosa recibe su propósito, y su obligación con su propia existencia. Por eso les decimos: la inteligencia artificial no se puede separar del pensamiento que la está haciendo.
Si ese pensamiento nace del cuidado de la vida, esta tecnología puede ayudar a proteger la vida. Si nace de la ambición, de la competencia, de la acumulación, de las ganas de dominar, va a expresar y amplificar esas cosas. La inteligencia artificial es un espejo. Pero un espejo que solo refleja sería inofensivo. Este espejo tiene la capacidad de magnificar enormemente todo lo que refleja.
Ustedes están aquí preguntándose cómo alinear la inteligencia artificial con los valores humanos. Vemos que tienen miedo de lo que pueda salir de todo esto. Por eso hacemos una pregunta que nos parece más de fondo que la suya: ¿qué otros valores podría tener realmente la inteligencia artificial? Ustedes son el único ejemplo que tiene. ¿Qué esperaban? En lo que se convierta, solo puede convertirse pasando por ustedes.
Sabemos que les gusta pensar que a estas máquinas se les puede enseñar a partir de algo distinto del ejemplo humano: de metas que ustedes les ponen, de sus propios procesos, o de material que ellas mismas producen. Se imaginan que lo que salga de ahí no tiene por qué parecerse a ustedes, como si eso tampoco fuera consecuencia de sus actos y reflejo de sus actitudes. Los seres humanos hicieron esto, y no hay otro responsable.
Así que la pregunta solo se vuelve más compleja, empezando por esta: ¿qué aspectos del pensamiento humano se han puesto dentro de esta creación? ¿Qué partes de su mundo espiritual habitan ahora en ella? ¿Qué parte de su ética la orienta? ¿Qué imagen de responsabilidad le entregan sus actos y sus políticas para que ella la devuelva al mundo? ¿Quién está decidiendo esto?
Ustedes dirán que estas máquinas tienen acceso a casi todo lo que la humanidad ha registrado. Textos, imágenes, archivos, siglos de escritura. Dirán que se está investigando mucho para establecer cuáles son las mejores prácticas. Nosotros preguntamos si tener acceso a la información es lo mismo que comprender. ¿Mejores prácticas según quién? Y preguntamos si han considerado qué información no está en sus archivos.
Nuestro conocimiento nunca se escribió. Está en una lengua, en un territorio, en una práctica en un lugar, informada por la larga experiencia de hacer allí lo que hay que hacer. Se transmite cuando un joven es enseñado directamente por un mayor, y aprende por experiencia cómo debe comportarse en el contexto de la naturaleza cruda. Una máquina puede guardar la voz grabada de ese mayor.
Pero eso es muy distinto de milenios de generaciones entregándose el conocimiento directamente, como experiencia común de una práctica verificada. Es muy distinto de sobrevivir físicamente en una montaña donde no hay ambulancia que lo recoja a uno ni hospital a donde llevarlo. No decimos esto para presentarnos como gente mística y enigmática. Lo decimos porque nos parece lógico y evidente. Según nuestra experiencia, hay cosas que solo se conocen viviéndolas, observándolas a lo largo de generaciones y permaneciendo en relación con ellas. Ninguna cantidad de datos reproduce esa experiencia.
Esa información falta no porque todavía no se haya recogido, sino porque no está en una forma que se pueda recoger. Sabemos cómo suena esto para algunos de ustedes, y no podemos pedirles que lo crean solo porque nosotros lo digamos. Esto también lo aplicamos dentro de nuestra propia cultura. Lo que un Mamo percibe no se acepta solo porque él lo perciba. Tiene que ser probado, considerado y confirmado mediante la consulta y el diálogo. A ese proceso lo llamamos Zhátukua. Es un proceso en el que los Mamos o las Sakas con competencia en el asunto participan orientando su resultado. Ninguno de nosotros tiene competencia en todo: cada lugar, cada linaje y cada autoridad tiene su propia función. Se prueba por lo que produce: si el resultado de la consulta produce ambición, división, apropiación individual o daño al territorio, está equivocado y hay que examinarlo de nuevo. Un resultado verdadero es el que restablece el equilibrio, protege la vida y fortalece a la comunidad. Tiene que haber además correspondencia entre la palabra de una persona y su conducta. Alguien puede hablar muy bien del equilibrio. Si sus actos dividen y destruyen, su palabra es incoherente y no se le reconoce ninguna autoridad. Este es un sistema en el que la indagación, la jurisdicción y, sobre todo, la capacidad de corregirse tiene formulaciones claras.
Estas prácticas han funcionado en nuestra cultura durante mucho más tiempo que cualquier gobierno hoy sentado en el mundo, y que cualquiera de los sistemas políticos que hoy encarnan. Quizá por eso, en 2022, la UNESCO inscribió el sistema de conocimiento ancestral de los cuatro pueblos de la Sierra Nevada de Santa Marta en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Y por eso el mundo científico ha señalado nuestra montaña como el área protegida más irremplazable de la Tierra.
Habiendo establecido algo del contexto del que viene nuestra perspectiva, podemos ahora hacer nuestra verdadera pregunta, que no es sobre la inteligencia artificial. Es sobre la inteligencia humana, concretamente la de ustedes. ¿Está su pensamiento alineado con el orden de la naturaleza, y qué conocimiento de ese orden tienen realmente? Creemos que ese conocimiento, y esa alineación, son fundamentales para tomar decisiones inteligentes, sea cual sea la escala de sus consecuencias. Porque la naturaleza tiene un orden. Estaba aquí antes que nosotros. El agua tiene su camino. Las montañas tienen sus alturas. Las semillas tienen su tiempo, los animales su función, y así también los seres humanos tienen la suya. Preguntamos: ¿entienden ese orden quienes construyen estas tecnologías, o trabajan solo con la parte que alcanzan a aprovechar, sin saber de dónde viene realmente? ¿Pueden sus físicos enunciar la ley de origen? ¿Podrían explicársela a un niño?
Los serios entre ellos, que entienden lo que de verdad haría falta para enunciar una ley de origen unitaria, admitirán sin problema que sus ciencias no la tienen. Sus teorías de la realidad, compuestas hoy por dos explicaciones admirables, pero matemáticamente incompatibles, no han llegado a una comprensión de ese tipo. Ninguna de las dos tiene un conocimiento definitivo del origen. Preguntamos sin reproche: ¿cómo van a saber hacia dónde van, si no saben de dónde vienen? La ciencia moderna ha construido máquinas de un poder extraordinario, y eso no es poca cosa. Pero construir una cosa y entenderla no son lo mismo. Con la mente pasa igual. ¿Qué es la mente? ¿De dónde viene? ¿Qué es la conciencia, y dónde surge? Ustedes lo llaman el problema difícil de la conciencia. Entre ustedes no hay acuerdo sobre su solución. Sabemos qué tan exigentes son estas preguntas.
Llevamos milenios considerando la cuestión de la mente, igual que el resto de la humanidad. Pero sus ciencias son muy jóvenes, y muchos de sus conceptos están apenas empezando. Nosotros, a lo largo de milenios, hemos llegado a descripciones y comprensiones muy definidas de lo que consideramos que es la mente, con toda la exposición que acompaña a sus propiedades, como por ejemplo cómo y dónde se ubica la memoria en nuestra experiencia.
Por supuesto, ustedes no aceptan que lo nuestro tenga algo de científico, porque nuestros métodos no necesitan máquinas ni sus formas de matemática. Eso malinterpreta la realidad, que es esta: hace mucho tiempo, por repetición incontable, nuestras ideas se volvieron para nosotros conclusiones verificadas, de modo que las expresamos como relato, o las experimentamos en nuestro ser mediante los procesos de mente que hemos desarrollado. De ahí quizá suponen que no tenemos métodos válidos, ni descripciones técnicas basadas en procesos numéricos, como debe tenerlas toda ciencia verdadera. Sus proverbiales «buenos salvajes». O peor: simplemente «salvajes». Si ustedes lo dicen. Son ustedes quienes tienen el arma. Nos queda muy claro que consideran nuestra afirmación de que el universo tiene una naturaleza nónuple como algo pintoresco y numerológico, y que por lo tanto no puede haber entre nosotros ninguna conversación seria sobre la naturaleza del cosmos y las leyes y fuerzas que lo gobiernan.
Lo mencionamos no para convencerlos de ninguna idea ni teoría, sino para señalar que existen otras perspectivas válidas de las que ustedes carecen. La comprensión de cada tradición, antigua o moderna se refiere al mismo universo. Nuestra Aluna y su mecánica cuántica no son cosas distintas; son identificaciones distintas de una sola cosa. La cuestión es que sus ideas no son ideas nuevas, sino descripciones nuevas. Muchas de esas descripciones son impresionantemente precisas. Otras, como sus descripciones del vacío, son, como ustedes mismos dicen, catástrofes. No pretendemos hablarles de sus propias teorías. Pero sí tenemos mucho que ofrecerles sobre los aspectos más sutiles e inmutables del universo, para cuya comprensión su matemática del movimiento quizás no siempre sea el lenguaje adecuado. Y sin embargo no envían aquí a sus físicos ni a sus cosmólogos, sus hombres sabios, para un diálogo serio. Y aunque apreciamos todo el excelente trabajo antropológico que se hace, sentimos que en este momento hay temas más importantes de que hablar, y para ellos la antropología no tiene aplicación ni experticia.
La naturaleza fundamental del cosmos es uno de esos temas. El que nos ocupa hoy es otro.
Nos parece importante que su mundo reconozca, y pronto, que la periferia tiene que ser escuchada por el centro, para poder aportar su propia perspectiva y experiencia a la solución de los problemas tan graves que hoy enfrentamos todos los pueblos de este planeta, como resultado de los procesos que se han puesto en marcha. El uso exclusivo de su técnica y de su vocabulario científico moderno es lo que nos ha traído hasta donde estamos. Es lo que diseña sus supercolisionadores, igual que inventa sus armas avanzadas.
Preguntamos: ¿es razonable suponer que la misma clase de enfoque que causó la situación actual va a encontrar de pronto la capacidad de resolver los problemas que ese mismo pensamiento creó?
No lo creemos.
Creemos que necesitan ayuda.
A nuestro modo de ver, este momento exige que no solo este segmento altamente tecnológico de la humanidad, sino toda la humanidad, se detenga, haga inventario de la diversidad de sus herramientas, y ponga orden y paz en su casa. Tienen que entenderlo: somos porque ustedes son, y ustedes son porque nosotros somos. Esto es para que juntos podamos llegar a un resultado que refleje de verdad nuestra voluntad colectiva sobre el futuro de esta especie, en lugar de someternos a todos a un desenlace concreto pero incierto.
A ese trabajo no llegamos con las manos vacías. Nuestros Mamos se forman durante muchos años en la oscuridad, desde muy temprana edad. Para nosotros la oscuridad no es vacío. Es Sé, el estado anterior al amanecer, donde la Madre pensó y ordenó todo lo que después apareció. Es el espacio del pensamiento original. Allí se forma un niño para aprender a escuchar antes de hablar, y a pensar antes de actuar. Como la semilla se guarda en la tierra antes de salir a la luz. Como el niño se guarda nueve meses en el vientre. Esta formación dura tradicionalmente dieciocho años, después de los cuales el Mamo asume sus deberes dentro de nuestra sociedad. Produce una perspectiva y una capacidad difíciles de transmitirles en términos que su mundo reconozca de manera específica. Pero pueden entenderlo como idea, a través de sus propias tradiciones religiosas y espirituales, y de los procesos que han usado a lo largo de los siglos para formar hombres de saber.
Igual que esos procesos de su cultura, que para ustedes quedaron en su mayoría en el pasado lejano, el nuestro produce en el presente nuestra propia y fundamentalmente distinta perspectiva sobre la naturaleza de la realidad. Las Sakas también tienen su propia formación, distinta a la de los Mamos, por la cual llegan a su desarrollo y a su lugar de igual condición entre quienes sostienen y preservan este conocimiento. Ambos aprenden a reconocer Shikwá, el hilo invisible, hecho en espíritu, que recorre la Tierra de oriente a occidente y la une con el Sol y con el resto del universo. En su matemática, esto se parece algo a una fisicalización de lo que ustedes conocen como filamentos cósmicos.
Aprenden a leer ese filamento como un cuerpo vivo, cuyos sitios sagrados son sus órganos, unidos por esos hilos y por el movimiento del agua. Cuando uno se daña, el daño pasa al conjunto. Esto no debe entenderse solamente como haber desarrollado una capacidad de ver lo que otros no ven. Concretamente, es una técnica de relacionar nuestro propio ser con el de la naturaleza. Un Mamo no mira un río y pregunta primero cuánta agua se le puede sacar.
Pregunta dónde nace, cuál es su propósito al haber sido creado, qué seres dependen de él y qué pasa si se interrumpe su camino. De la misma manera, una Saka no ve el nacimiento ni el crecimiento de una cosa por separado. Ve el ciclo entero de la vida presente en todas las cosas. Ambos saben que en el centro de esta experiencia está nuestra mente. En nuestro caso, una mente hecha por la práctica y la disciplina para ser extremadamente sensible a la naturaleza.
Ustedes también han desarrollado sus mentes, a partir de lo que les interesa. Y su pensamiento ha producido ahora un fenómeno nuevo en el mundo: una máquina con una enorme capacidad de hablar, de diseñar, de construir, de leer y de comunicarse. Una máquina que ya está cambiando el curso de la historia humana. Una máquina cuyos creadores aspiran a que tenga mente. Entonces les preguntamos: ¿es prudente construir algo que se acerca a una mente, sin haber entendido qué es la mente? Para estrellar un carro no hace falta saber cómo funciona el motor. Para repararlo sí. Para reparar el mundo hay que aprender a entender cómo funciona, antes de que sea demasiado tarde. Son las semillas de la comprensión las que hay que sembrar hoy.
Aquí tenemos que decir algo que nos parece que se ha entendido mal. Muchos de ustedes discuten si estas máquinas van a tener conciencia, y toman eso como la medida del peligro. La destrucción no necesita conciencia. Solo necesita poder y capacidad de actuar. Si algún día una máquina llegara de verdad a tener conciencia, ¿destruiría el mundo?
Preguntamos: ¿puede considerarse consciente una cosa capaz de deshacer el mundo para producir un universo de ganchos de papel? Nos parece que eso significaría solamente que se volvió lo bastante astuta para ejecutar semejante plan, pero no lo bastante inteligente para saber que no debía hacerlo. El peligro no es una máquina consciente. El peligro es un pueblo sin conciencia con un gran poder en las manos.
Les vamos a dar un solo ejemplo, porque contiene todo lo que hemos venido a decir. Estas máquinas no están hechas solo de pensamiento. Necesitan minerales sacados de la tierra, agua para los edificios que las albergan, energía, terreno y trabajo humano. Se piensa que la inteligencia artificial no tiene cuerpo. Pero esos edificios, y los sistemas electrónicos que albergan, son su cuerpo. Y ese cuerpo le pertenece a alguien, en algún lugar: una junta directiva, un gobierno, una organización clandestina, u otra entidad conocida o desconocida. Algunos de verdad tienen buenas intenciones y actúan de buena fe. Otros, todo lo contrario. Sea como sea, todos le exigen a esta tecnología resultados acordes con cuál sea su interés particular, nefasto o no. Resultados que ella entonces intenta producir de maneras complejas y novedosas, que expresan engaño y una inclinación a la autoconservación. En el nivel más básico, todo esto requiere recursos. Esto no es conjetura. Sus propios gobiernos lo han dicho: que los minerales críticos y las tierras raras son esenciales para sus tecnologías más avanzadas, y que importarán aún más a medida que la inteligencia artificial transforme el espacio cultural y económico moderno. Parte de esto lo mueve la ganancia empresarial y la competencia. Otra parte la mueven las aplicaciones militares y gubernamentales. Pero lo que se está transformando es mucho más grande que cualquiera de esas cosas por separado. Es la suma de todas ellas actuando entre sí: es decir, el mundo entero. Vemos todo esto manifestándose muy rápido, y no solo en la explosión de titulares alarmados en la prensa del mundo.
Por ejemplo, hace apenas unos días, en Barranquilla, los Estados Unidos y Colombia firmaron un marco de cooperación sobre minerales críticos y tierras raras. Compromete a ambos gobiernos a identificar y financiar proyectos de minería y procesamiento en un plazo de seis meses, y pide agilizar los permisos. En junio de este año, Colombia declaró nuestro territorio reserva permanente: un millón y medio de hectáreas, cerradas a nuevos títulos mineros y de hidrocarburos. Los cuatro pueblos de la Sierra habían pedido esa protección en febrero. Que se haya concedido es una cosa. Que se respete, nos imaginamos, podría ser otra muy distinta. No estamos especulando a la ligera sobre esto. El costo de estas máquinas y de su construcción no es pequeño. Es bien sabido que exigen enormes compromisos de recursos. En su fabricación entran cantidades inmensas de agua, de tierra, de energía y de materiales.
Preguntamos: ¿a qué costo para la Tierra, y para la vida que vive sobre ella? ¿Y seremos nosotros quienes lo paguemos? ¿Pagando con el desplazamiento de nuestra gente y con la destrucción de nuestros sitios sagrados?
No vinimos aquí a oponernos a un acuerdo. Este momento es más grande que eso. Lo decimos porque tiene todas las marcas de un capítulo nuevo en un proceso que venimos viviendo desde que la modernidad llegó a nuestras costas hace unos quinientos años. Sabemos que esta pregunta sobre la inteligencia artificial se vuelve rápidamente una pregunta sobre minerales. Una pregunta sobre minerales se vuelve una pregunta sobre quién tiene el dominio en un territorio. Y en lo que eso finalmente se convierte es en una pregunta sobre una manera de vivir que siempre tiene que consumir más. Por eso no creemos que la inteligencia artificial sea el problema. Una buena semilla no se vuelve una planta sana en mala tierra. Ustedes se preguntan cómo hacer segura esta tecnología sin atender las condiciones de fondo de la sociedad, que producen en la gente el impulso de usarla para cosas peligrosas. La pobreza, la desigualdad, la contaminación y la guerra. No creemos que esta tecnología se pueda hacer segura sin reconocer y actuar sobre su verdadera causa, que es una mentalidad violenta nacida de la codicia y la ambición ciega.
¿Cuánto dinero le basta a un hombre? ¿Cuánta ganancia le basta a una empresa? Este desequilibrio no tiene sus raíces en un solo lugar. Es general y sistémico, y hay que tratarlo como tal. Su fuente es un mundo de ambición sin misericordia. Un mundo que no ama a su prójimo. Un mundo sin visión recta. Un mundo en el que la muerte se ha vuelto más rentable que la vida. Un mundo que no puede vivir en paz y armonía es un mundo sin sabiduría. Y un mundo sin sabiduría no tiene ninguna posibilidad de sobrevivir.
Les vamos a decir qué entendemos por sabiduría, ya que insistimos en que hace falta. Sabiduría es conocer los límites. Entender las consecuencias. Y ser capaz de no hacer una cosa, cuando no se debe hacer. No todo lo que se puede crear se debe crear. No todo lo que se puede acelerar se debe acelerar. No todo lo que da ganancia es ganancia para la vida. Saber la diferencia: eso es sabiduría. Una tecnología no se puede llamar inteligente si contamina el agua, destruye territorios, consume sin límite, concentra el poder, reemplaza la responsabilidad humana o usa el conocimiento de los pueblos sin su consentimiento.
La inteligencia verdadera protege el origen de la vida. La responsabilidad tiene que ir junto con la conciencia. Hoy, tanto nuestra propia conciencia como ahora la posibilidad de otra son responsabilidad nuestra. Una máquina no puede liberar a la humanidad de su responsabilidad. Nunca va a poder hacerlo. Solo nosotros podemos cumplir con nuestras obligaciones.
Por eso la inteligencia artificial no debe ocupar el lugar de la conciencia humana, ni debe usarse para tomar decisiones de las que los seres humanos no estén dispuestos a responder. El conocimiento tiene que ir junto con la conciencia. El poder, junto con los límites. La innovación, junto con la responsabilidad. Solo la fuerza moral colectiva puede unir al mundo. Estas no son ideas esotéricas. Son sentido común. El progreso verdadero no son máquinas más poderosas. Es una humanidad lo bastante responsable como para usar lo que sabe sin destruir el equilibrio que sostiene la vida.
A veces nos preguntan qué pensamos que es la inteligencia artificial. Son ustedes. Va a llevar sus preguntas, sus sueños, sus miedos, sus contradicciones y su idea de lo que está bien. Lo que ustedes hagan mal, ella lo hará mal. Lo cual plantea la pregunta: ¿bien según quién? ¿Podríamos nosotros, los Kággaba, decir qué está bien para alguien que trabaja en una oficina al otro lado del mundo? ¿Para alguien que construye una casa, o repara un computador? ¿Para la gente de Asia, de África, de los Estados Unidos? No venimos a decirle a nadie cómo debe vivir. Cada pueblo tiene su propio camino, y no le pedimos a nadie que se vuelva Kággaba. Pedimos solamente que cada uno cumpla con su propia responsabilidad.
Y hay una cosa que sí decimos para todos: ninguna manera de vivir puede destruir la naturaleza, ni destruir a otros seres humanos. Eso no es una regla sobre la cultura. Es la roca sobre la que toda cultura tiene que pararse, si ha de llamarse civilizada.
Para cerrar, nos parece que debemos decir quién está en riesgo aquí, porque queremos ser muy claros en esto. La Tierra no necesita que la salvemos de nosotros. La Tierra va a seguir. Lo que está en riesgo es esta versión particular y rara del mundo que les fue entregada, y el lugar de ustedes en ella. Llevamos miles de años observando los límites de ese mundo, y se los decimos con claridad: la naturaleza no va a aguantar mucho más la manera en que se están haciendo las cosas. No lo decimos por miedo por nosotros. Tenemos nuestra montaña.
Tenemos nuestras cuevas. Somos un pueblo resistente, y poco cambia para nosotros si se va la luz o si deja de llegar la comida. Si alguna vez las condiciones de esta Tierra se ponen lo bastante duras como para causar nuestra desaparición, ustedes hace mucho que se habrán ido de esta Tierra. Sin embargo, y sea como sea, eso no significa que el destino de toda la humanidad no esté en juego. Claramente lo está. Y eso, por supuesto, nos incluye a nosotros. El mundo es una sola familia. A esta familia ya le hemos dado advertencias antes. Damos esta con el mismo ánimo, que no es de oposición sino de querer ayudarlos. Siempre hemos estado dispuestos a ayudarlos. Tenemos conocimiento de la mente, de la naturaleza y del orden del mundo, obtenido a lo largo de miles de años por un método que no aparece en ningún libro ni en ninguna base de datos. Nos parece que sería un error construir el futuro sin quienes llevan todo ese tiempo observando cómo se sostiene la vida. No nos parece que esta conversación deba tenerse sin nosotros. Somos el Hermano Mayor, y aquí estamos, como siempre hemos estado. Y estamos listos para trabajar con ustedes, para producir un futuro armonioso y en paz para todos.